Queremos agradecer de corazón a José Antonio (IES Fray Luis de Granada), Maryka (Granada Visible), Teresa (ATFU), Blanca (ATFU) y Victoria (IES Severo Ochoa), así como a la veintena de personas que se unieron a la convocatoria. Vuestra presencia y energía hicieron posible este encuentro.
El coloquio empieza con una exposición de Franches que sirve de hilo conductor: la importancia de las reflexiones conjuntas para desenmarañar actitudes que, disfrazadas de “normalidad”, producen daño. Se refiere para describir lo que no siempre se ve, pero que moldea la vida cotidiana de personas LGTBIQA+ en las aulas; las consultas médicas y los trámites…
Se habla de expresiones que unas veces se acercan y otras exceden el insulto y se vuelven prácticas institucionales: negación de atención ginecológica, imposición de criterios médicos que excluyen, y la creencia errónea de que ciertas identidades no pueden contraer determinadas patologías. Casos concretos —la negativa a realizar una citología, la burocracia para cambiar un nombre, listas de salud que borran identidades— devuelven la conversación a lo tangible y urgente.
La violencia adopta varios nombres. El monosexismo obliga a “probar” orientaciones; la transfobia se manifiesta en el diseño de los espacios, en el acceso al trabajo, en los formularios que no admiten la existencia de identidades no heteronormativas; el racismo borra doblemente a migrantes, gitanos y personas negras al superponer fobias identitarias y prejuicios económicos. Maryka lo expresa sin rodeos: hay identidades que son literalmente eliminadas por lógicas centradas en el capitalismo; otras, relegadas a los márgenes del museo social. La “patologización” despoja la sexualidad de deseo y autodeterminación; quienes se dicen sanadores niegan que el objeto del deseo tenga agencia.
En los centros educativos, las consecuencias son visibles y cotidianas. José Antonio describe aulas donde el cambio de nombre se convierte en batalla con profesores que se niegan; donde la ignorancia y la evitación estructuran una segunda exclusión: la infantilización, la desarticulación social, la imposibilidad de organizarse. La fatiga aparece como tema recurrente: la violencia continuada agota. Se insiste en que la fatiga mental reduce la capacidad de abrirse y movilizarse; la respuesta institucional llega tarde y mal, y el activismo se dispersa.
Emergen estrategias de resistencia con matices y límites. Teresa advierte que hay muchos esfuerzos individuales y colectivos, pero que el problema es estructural: reconocimiento y visibilidad no bastan si no vienen acompañados de cambios materiales en condiciones laborales, en formación docente y en políticas públicas. Maryka propone tácticas de silencio estratégico: reunir fuerzas, esperar el momento propicio y golpear con eficacia. En el aula se registran experiencias positivas: comunicarse con familias —a menudo sorprendidas, a veces receptivas—, formar a docentes, poner en marcha pactos de comunidad educativa que blinden a quienes más lo necesitan.
La discusión no elude la desconfianza: muchos profesores comparten sensibilidades, pero rehúyen exponerse; las coberturas burocráticas perpetúan la financiación de prácticas que no transforman; la voluntad política brilla por su ausencia. Victoria habla sin ambages: “El momento es el peor que he vivido”, y se plantea si tiene sentido presionar a centros que, por agotamiento, están ocupados en otras urgencias. Frente a ese diagnóstico, Franches señala la necesidad de combinar medidas legales —la Ley Trans de 2023 se menciona con sus avances y ausencias— con presión social sostenida y estrategias locales replicables.
Entre desánimos y pequeñas victorias surgen proyectos concretos: iniciativas de vivienda, espacios de cuidado para quienes son más vulnerables, protocolos educativos formales. Teresa insiste en la formación: quienes se ofrecen a intervenir en las aulas deben comprender cómo funcionan esas dinámicas y contar con condiciones dignas para su trabajo. Maryka advierte sobre la trampa de la “preparación” eterna: la dicotomía preparado/no preparado no puede ser excusa para la inacción. Hacen falta voluntad y recursos.
Al cerrar las intervenciones, queda una imagen clara: no se trata solo de confrontar la violencia explícita, sino de desactivar las microfobias que la reproducen. La normalidad que borra, la fatiga que paraliza, las políticas que llegan tarde. Las estrategias colectivas, la escucha de estudiantes, la implicación paulatina de familias y la formación docente aparecen como piezas indispensables; pero sin cambios estructurales —laborales, sanitarios y administrativos— muchas de esas piezas vuelven a caer.
La crónica termina como empieza: con un agradecimiento que contiene una petición implícita. Disculpas por no hacer más; gracias por señalar lo que ya no puede seguir pasando. En los intersticios del día a día se juegan resistencias que no siempre alcanzan los titulares, pero que deciden si una persona puede vivir plenamente o se ve obligada a sobrevivir en silencio.
Recuerdo especial y cariñoso se hizo de José Alfaro, quien creó el aula LGTBIQA+ del IES Severo Ochoa.



Agradeceros vuestro cariñoso recuerdo y transmitiros mis felicitaciones por el evento. Aún más importante deseo enviaros ánimo a quienes organizáis, participáis y seguís estos foros. Vuestro tesón, tiempo y energía tienen un inmenso valor aunque, por desgracia, a menudo invisibilizado. Tenemos que entender que si el CAMBIO es una constante social tan natural como la vida misma, sin vuestro trabajo no habría cambios justos y necesarios, ni muro de contención para otros de naturaleza perversa. Menos mal que estáis, y seguís! Gracias!!!